10 oct. 2010

Entendiendo la Astrología


1. Introducción.
Debemos establecer una clara diferenciación entre lo que sabemos y lo que creemos. No se trata, en principio, de dilucidar lo que es verdad y lo que no lo es. Una creencia bien podría llegar a demostrarse verdadera y algo que sabemos podría llegar a demostrarse que es falso: el asunto por esclarecer es el camino que hemos seguido para llegar a ese conocimiento.
"Isaac Newton formuló magistralmente y de forma sencilla la ley de la gravitación; no creía en ella, simplemente la demostró. En cambio, jamás demostró que las predicciones astrológicas pudieran cumplirse, simplemente creía en ellas...". Aunque cabría imaginar otras definiciones de ciencia, aceptaremos aquí la identificación de lo que sabemos con lo cientifico y la forma como llegamos a ese conocimiento, es decir el método, como la ciencia. Este método consiste en plantear hipótesis coherentes con lo que anteriormente se sabía, en la verificación de las hipótesis mediante observaciones y en la generalización de las observaciones, de tal modo que sean reproducibles en todos los lugares y por parte de todas las personas.
Se trata entonces de determinar si la astrología es, en este sentido, una ciencia o una creencia. Para el efecto se aplicará a la astrología la clase de razonamiento que regularmente se usa en la ciencia y se verá si después de ello esta disciplina mantiene su coherencia y verosimilitud.

2. Las constelaciones.
La agrupación de las estrellas en constelaciones tuvo probablemente un origen mnemotécnico y en manera alguna corresponde a un patrón necesario: su delimitación fue un proceso intelectual completamente arbitrario. Lo mismo puede decirse del nombre que les fue asignado. Para demostrar lo anterior basta con hacer un pequeño recuento. La constelación de la Balanza (Libra), no era considerada como tal por los babilonios: sus estrellas pertenecían a Escorpión. El conjunto de estrellas que en Francia se llama la Cacerola, en Inglaterra es el Arado, en China era un Burócrata Celeste, en Europa medieval era una Carreta, para los egipcios eran tres figuras, un toro, un hombre y un hipopótamo con un cocodrilo a cuestas y, finalmente, para los griegos era la cola de un oso.
Como muy bien lo dice Carl Sagan, "esas figuras no son, por supuesto, una realidad del cielo nocturno; las ponemos allí nosotros mismos. Cuando éramos un pueblo cazador veíamos cazadores y perros, osos y mujeres jóvenes, las cosas que podían interesarnos. Cuando en el siglo diecisiete, los navegantes europeos vieron por primera vez los mares del Sur, pusieron en el cielo objetos de interés para el propio siglo diecisiete: tucanes y pavos reales, telescopios y microscopios, compases y la popa de los barcos. Si las constelaciones hubieran recibido su nombre en el siglo veinte, supongo que en el cielo veríamos bicicletas y neveras...”
Podría pensarse que el agrupamiento de las constelaciones obedece a que las estrellas que las conforman están más o menos juntas, y presentan o sugieren más o menos una estructura. La realidad es bastante decepcionante a este respecto. En primer lugar, si se mira al cielo en una noche sin luna y lejos de las luces de la ciudad, cosa que por desgracia hacemos hoy con menos frecuencia de lo que deberíamos, se observa que las estrellas son muchísimas más de las que delimitan las constelaciones y que su aspecto es tan confuso que se requiere un verdadero esfuerzo de la imaginación y de la vista para discernir el contorno de una constelación; ni se diga la dificultad de ver en esa confusa forma el cuerpo de un león, por ejemplo, o de una mujer. Sagitario comprende solamente unas pocas docenas de estrellas visibles a simple vista, sin una forma especial. Capricornio es igualmente dificil de identificar pues carece de estrellas destacadas; lo mismo ocurre con Acuario, Piscis y Aries. Una constelación no zodiacal, Casiopea, es conocida con frecuencia como la uvé doble (W), sin que nadie sea capaz de distinguir en ella la figura de esta reina de Etiopía, madre de Andrómeda. Los mayas, por su parte, veían en la constelación del Toro (Tauro) nada menos que una serpiente cascabel.
En segundo lugar, aún después de distinguir la forma de una constelación en el cielo, debe tenerse en cuenta que esta forma no es otra cosa que una ilusión de la perspectiva. Al mirar por una ventana vemos en un mismo plano aparente un árbol cercano y una lejana iglesia que se asoma entre el ramaje; no podemos de allí deducir que la iglesia está realmente entre las ramas del árbol, ni que árbol e iglesia formen una estructura de algún tipo: se trata de una ilusión de la perspectiva. Lo mismo sucede con las constelaciones: generalmente están conformadas por estrellas que distan mucho entre si. Veamos un ejemplo de esto: en la constelación del León (Leo), está la estrella Algebia, que dista de la tierra 90 años-luz; Denébola, en cambio, está a la mitad del camino (42 años-luz); Regulus está a 85 años-luz, pero Eta Leonis, la séptima estrella más brillante de la constelación, está a más de mil años-luz de Regulus.
Vemos, pues, lo siguiente: las estrellas que conforman una constelación, a pesar de parecer cercanas, en realidad, en muchos casos, no lo están; aun si lo estuvieran, la distribución de las estrellas en el cielo es tan confusa que en términos generales su agrupamiento seguirá siendo nada más que un ejercicio del capricho y la imaginación de los hombres; y aun en el caso de que esta distribución sugiriera su agrupamiento en las constelaciones que hoy conocemos, su asociación con la forma de un león, un escorpión o un carnero permanecería como una total arbitrariedad.
Si sorprende la pretensión de atribuir a un conjunto tan arbitrario de estrellas una influencia coherente en el carácter y en el destino de los hombres, resulta aún más asombroso que esta influencia dependa no tanto de las características objetivas o fisicas de las estrellas que conforman las constelaciones, sino del nombre que se les ha asignado, es decir, de la forma con la cual se asocian. Por ejemplo, los nacidos bajo el signo de Libra son, como era de esperarse, equilibrados, maduros. Los nacidos bajo Escorpión son violentos, tortuosos, misteriosos. Y así sucesivamente, atribuyendo a los astros unos valores intrínsecos que no tienen nada que ver con su naturaleza.

3. El Zodíaco.
No todas las constelaciones del firmamento tienen una significación especial para la astrología, únicamente las zodiacales gozan de este privilegio. Las constelaciones zodiacales son aquellas que se encuentran en el camino aparente que sigue el sol durante el año; este camino se conoce como la Eclíptica. Parece que en sus albores las civilizaciones egipcia y mesopotámica ya habían dividido la Eclíptica en 12 constelaciones, quizá ligadas a los 12 meses lunares; esto probablemente ocurrió diez milenios antes de nacer Cristo, antes incluso de que se inventara la escritura.
No obstante, el verdadero invento del Zodíaco se debe a los caldeoasirios quienes empezaron a llevar un registro cronológico escrito a partir del año 747 a.C. Los caldeoasirios, identificaron inicialmente 18 constelaciones zodiacales, número que después se redujo a 11. En términos generales, las constelaciones de los caldeoasirios coinciden con las nuestras, a excepción de la Balanza (Libra), la cual, como ya se dijo, fue agregada más tarde. La Virgen (Virgo), por su parte, era conocida como la Espiga de Trigo, nombre que conserva una de sus estrellas (Spica, una de las más brillantes del firmamento); éste era el símbolo de Ishtar, diosa del amor y la fecundidad, que luego se convertiría en la Afrodita griega y en la Venus romana. El Zodíaco caldeoasirio sería recogido por Tolomeo en su Almagesto, pero muy especialmente en su otra obra, el Tetrabiblos, verdadera biblia de la astrología, y de allí llegaría a nosotros sin mayores cambios.
Hasta aquí todo parece bastante claro: el Zodíaco (la Eclíptica) se divide en 12 tramos, aproximadamente iguales; en cada uno de esos tramos (correspondientes a los 12 meses del año), se encuentra una de las 12 constelaciones zodiacales. Pero esto no es así: por lo menos una de las constelaciones que se encuentran sobre la Eclíptica no es considerada zodiacal. Se trata de Ofiuco, en la cual permanece el sol nada menos que durante las tres primeras semanas de diciembre; mucho más de lo que permanece en Escorpión, Cáncer, Libra o Acuario. Es una omisión bastante notoria, pero si se incluyera esta otra constelación quedaría arruinada la correspondencia de los doce meses del año con las 12 constelaciones zodiacales.
Quizás por esta razón la astrología optó por ignorar a Ofiuco y arrimar a los nacidos bajo esta constelación a otro signo. Pero el asunto es más complejo, pues en realidad el Zodíaco es una banda de 17 grados de ancho (8,5 grados a cada lado de la Eclíptica), y en esta banda penetran, así sea parcialmente, hasta una veintena de constelaciones. Todo esto es ignorado de plano por la astrología.

4. La precesión de los equinoccios.
Podría argumentarse que las afirmaciones anteriores no son más que el producto de la mente en exceso puntillosa y meticulosa de los cientificistas obstinados y que, si se hace un poco holgado el concepto de aproximadamente , se puede afirmar que las 12 constelaciones zodiacales coinciden aproximadamente con los 12 meses del año. De tal manera que, por ejemplo, entre diciembre 20 y enero 19, el Sol estará aproximadamente en la constelación de Capricornio, y entonces puede decirse que los nacidos entre esas dos fechas, nacieron bajo el signo de Capricornio. Pero es aquí donde surge un problema difícil de soslayar: ¡El sol no está en Capricornio ni un solo día entre el 20 de diciembre y el 19 de enero! Durante este período el sol estará en Sagitario. Este corrimiento de más o menos un signo ocurre para todos los signos del Zodíaco, con respecto a todos los meses del año.
¿Cómo podrían haberse equivocado de este modo los antiguos caldeoasirios y el propio Tolomeo? En verdad, ellos no se equivocaron: en ese entonces el sol estaba en Capricornio entre diciembre 20 y enero 19. La explicación de este fenómeno se conoce como la precesión de los equinoccios, y consiste en que la inclinación del eje de la tierra con respecto al plano de la Eclíptica no apunta siempre hacia el mismo lugar, sino que va moviéndose lentamente en forma parecida al cabeceo de un trompo, completando una de estas rotaciones cada 26000 años (25780 años, más exactamente).
Como consecuencia de la precesión de los equinoccios, el año trópico (tiempo que transcurre entre el inicio de dos primaveras consecutivas) es más corto que el año sidéreo (tiempo que tarda el sol en alinearse con una misma estrella fija, es decir, tiempo que tarda la tierra en recorrer los 360 grados de su órbita alrededor del sol). En otras palabras, las estaciones se anticipan un poco cada año con respecto a las estrellas, y como el calendario va atado a las estaciones y no a las estrellas, el efecto neto es que las estrellas que salen con el sol por el oriente el primero de enero de este año, saldrán con el sol el dos de enero dentro de 71 años. Así, en 2500 años que han transcurrido desde la época de los caldeoasirios, este desplazamiento equivale a 35 días, o sea algo más de un mes.
De tal manera que las estrellas que se veían junto al Sol en los crepúsculos de enero, en la época de los caldeo-asirios, son las que hoy se ven cerca al sol en febrero, y así para todos los meses. De paso, Tolomeo debió notar algún desplazamiento de este tipo, pues ya para su época habían transcurrido cerca de quinientos años desde el invento del Zodíaco, lo cual representaba un corrimiento de una semana, aproximadamente.
Como consecuencia natural de todo esto, se han formado dos escuelas de astrología. Según la astrología trópica, uno puede ser Aries, por ejemplo; pero entonces, según la otra escuela, la astrologia sidérea, usted es Piscis. Esto resulta francamente decepcionante: ¡Estamos tan apegados a nuestro signo..! Además, la conclusión que se debería sacar es que por lo menos una de estas astrologías es completa y radicalmente falsa.
La astrología trópica cuenta a su favor con la tradición, sus signos son los que comúnmente se usan en los horóscopos, pero tiene en su contra el hecho concluyente de que no tiene nada que ver con las estrellas (al menos hoy en día: para los caldeasirios sí tenía una relación con las estrellas), los signos van atados a los meses del año y no a las constelaciones que va recorriendo el sol en cada mes. ¿Dónde queda entonces la influencia de los astros ? ¿Qué clase de astrología es aquella que ignora los astros? ¿Puede esta disciplina seguir llamándose astrología ?
No obstante, aproximadamente dos tercios de los astrólogos actuales se adhieren a esta escuela. Estos razonamientos llevarían a pensar que la verdadera astrología es la astrología sidérea la que tiene en cuenta las constelaciones. Lastimosamente, ésta destruye o ignora un aspecto muy atractivo y evocador de la astrología tradicional: la asociación simbolica entre los signos del Zodíaco y las estaciones del año. En la astrología babilónica (equivalente a la astrología trópica) el renacer primaveral venía marcado por el topetazo de los cuernos del Carnero (Aries). Para la astrologia sidérea, Aries está más o menos a mitad de la primavera. Piscis, en cambio, en lugar de ser el último signo del invierno, está más de la mitad del tiempo en primavera y lo propio ocurre con Virgo, el cual está casi todo en otoño, en vez de ser el último signo del verano.
De paso, un problema similar se presenta cuando se considera la astrología en el hemisferio sur. Y no porque el Zodíaco no se vea en el hemisferio sur, como creen erróneamente muchos astrólogos que, en efecto, no saben nada de astronomía. La Eclíptica, y con ella la proyección de las órbitas aparentes de los planetas y del sol, es visible lo mismo al norte que al sur del Ecuador. El problema es que las estaciones cambian, y cuando en el norte se le atribuye a un signo el comienzo de la primavera, el resurgir de la vida, en el sur empieza el otoño.

5. Las fuerzas.
Aun si se aceptara que los astros influyen de alguna manera sobre el carácter y los destinos humanos, cabe preguntarse por medio de qué fuerza se produce esta influencia. Según los conocimientos actuales, solo caben cuatro posibilidades.
Estas son las cuatro fuerzas aceptadas hoy por la fisica: las fuerzas nucleares fuerte y débil, la fuerza gravitacional y la fuerza electromagnética. Las fuerzas nucleares quedan descartadas, por cuanto su alcance apenas rebasa el tamaño de las particulas elementales. La fuerza gravitatoria es la candidata preferida por los astrólogos, quizás por su largo alcance. Se alude al fenómeno de las mareas como un evidente argumento probatorio. Conviene recordar, no obstante, que para que actúe la fuerza gravitatoria es necesario que intervengan masas enormes. En el caso de las mareas, existen millones y millones de kilómetros cúbicos de agua en los océanos y billones y billones de toneladas de materia en la luna y el sol.
En extensiones muy grandes de agua, pero incomparablemente inferiores a los océanos, como los lagos, por ejemplo, no hay marea apreciable alguna (si acaso del orden del milímetro). Y en una persona, cuya masa de agua, aunque sea el ochenta por ciento de la masa corporal, es ridículamente inferior a la de un lago, el efecto gravitatorio de marea simplemente no existe. Al momento del nacimiento de un bebe, la ley del inverso del cuadrado de las distancias hace que, por ejemplo, la propia madre o incluso la lámpara del quirófano ejerzan una influencia gravitatoria que es más de diez millones de veces superior a la ejercida por la luna. El hospital mismo en el que se da a luz puede ejercer una influencia gravitatoria de siete a diez millones de veces mayor que la de la luna.
La influencia del sol, por su parte, es aproximadamente la mitad de la de la luna, a pesar de su gran masa, por efecto de la ley del inverso del cuadrado de la distancia. Pero la influencia de Venus y Marte es del orden de veinte mil a treinta mil veces menor que la de la luna. La fuerza gravitatoria de Júpiter es aproximadamente cincuenta mil veces menor que la de la luna. Los demás planetas, más pequeños y más alejados, ejercen naturalmente una influencia menor, hasta llegar al caso del sistema Plutón-Caronte, el cual ejerce una influencia gravitatoria 20.000 millones de veces inferior a la de la luna. Proxima Centauri, la estrella más cercana a nuestro sistema solar, tiene una influencia 200.000 millones de veces inferior a la de luna.
La ley del inverso del cuadrado de las distancias es inexorable. Para la astrología no parecen importar las distancias ni las masas de los astros, solo importa su nombre; de tal manera que puede ignorarse, por ejemplo, a Ceres, ubicado en el cinturón de asteroides, el cual ejerce una fuerza de gravedad aproximadamente tres veces mayor que la del sistema Plutón-Caronte. La influencia de Palas (otro de los asteroides) es comparable también a la de Plutón. Y la de Titán, satélite de Saturno, es incluso comparable a la de Marte. Es claro que desde el punto de vista de la fuerza de gravedad, el sol y la luna siguen siendo los únicos astros dignos de tenerse realmente en cuenta. Así y todo, la fuerza gravitatoria que ejercen la luna y el sol conjuntamente sobre una persona es millones de veces inferior a la que ejerce sobre esa misma persona su propio automóvil.
El campo electromagnético debería parecerle mucho más prometedor al astrólogo, pero curiosamente solo es citado en raras ocasiones. Claro está que las dificultades que presenta la fuerza electromagnética para un astrólogo no son ni mucho menos desdeñables. Por ejemplo, la radiación procedente de todos los astros, incluida la luna, es ridículamente menor que la que llega del sol. Y las variaciones de la radiación solar que llega a la tierra cuando se producen las manchas solares (gigantescas explosiones en la superficie del sol), son muchos millones de veces superiores a la suma de las radiaciones emitidas por todos los planetas juntos. En contraste, Urano, Neptuno y Plutón, son invisibles.
Además, se tendrían que considerar las fuentes de radiación electromagnética no visible, como el centro de la Vía Lactea, por ejemplo, la cual emite rayos X con intensidad tal que si nuestros ojos fueran sensibles a estas radiaciones como lo son a la luz visible, brillaría casi tanto como el sol. No obstante, las radiaciones más intensas a que estamos sometidos hoy en día, son las de origen artificial, generadas por los aparatos electrodomésticos dotados de motor y por los hornos de microondas que presentan alguna fuga; por otra parte, las ondas de radio y televisión nos inundan por doquier.
Algunos astrólogos, obviamente ignorantes de las leyes de la fisica, hablan de ondas, armónicos y fenómenos de resonancia amplificadora inducidos por los planetas a partir de una radiación misteriosa que nadie identifica. Claro está que no puede descartarse la posibilidad de que exista algún tipo de fuerza electromagnética por descubrir, pero el caso es que tal fuerza debería ser en extremo débil para no haber sido detectada por los medios actuales, los cuales son desde luego poderosos. De todos modos, la astrología tiene derecho a pensar que esa fuerza, aún siendo tan débil, influye sobre los hombres. Pero debería, entonces, probar que esa fuerza existe, no dar por supuesta su existencia. Y una vez identificada esa fuerza, debe probar así mismo que ejerce la acción que se le atribuye sobre la vida y el destino del hombre. El método científico exige, ciertamente, demasiado trabajo...
En cualquier caso, suponiendo que esta radiación de origen planetario en efecto existe y que ejerce la influencia que se le atribuye, ¿por qué sólo condiciona al bebe que nace y no a los que se encuentran a su lado en el mismo hospital y que nacieron unas horas antes? Esta objeción les ha parecido tan válida a algunos astrólogos, que han reemplazado el instante del nacimiento por el de la concepción, es decir la unión entre el espermatozoide y el óvulo. Pero si ya es dificil averiguar la hora exacta del nacimiento de una persona, no digamos la de su concepción...

6. Los planetas.
Como se ha visto, la influencia de las estrellas -más propiamente de las constelaciones- sobre los seres humanos es, por decir lo menos, bastante discutible; por esa razón los astrólogos han centrado su interés en la influencia de los planetas. Se ha visto también que, hasta donde alcanzan los conocimientos científicos actuales, no existe una fuerza de origen planetario capaz de influir sobre una persona de la manera en que lo afirma la astrología. De todos modos, no sobran unas palabras sobre el caso concreto de la influencia de los planetas.
Empecemos con un ejemplo: Tauro y su planeta regente Venus. Cabe preguntarse por qué Venus, planeta de la sensualidad y del amor, desempeña tan importante papel en la época de abril-mayo, es decir, en el signo de Tauro. La respuesta de la astrología no puede ser más ingenua: Venus, por su nombre y por su apariencia brillante y límpida, simboliza las virtudes amorosas y femeninas de la diosa del amor, mientras que el signo Tauro, por la fecha en que el sol lo visita, es asimilado igualmente a la máxima fertilidad, al amor primaveral, a la plenitud de los sentidos.
Si la sangre se nos altera en primavera, ¿por qué no pensar que ello se debe a que Venus es el planeta regente de la época central de la estación del renacer? El supuesto de que existe una cierta relación entre el carácter de la gente y la época del año en que nacen, como ya se vió, presenta el problema de que en el hemisferio sur las estaciones son distintas, sin embargo, dejando de lado este asunto, la hipótesis podría no sonar descabellada. Pero por lo que respecta a los planetas, la supuesta relación entre el carácter de las personas y el tipo de planeta que se encuentra en un cierto lugar del cielo en una determinada época del año, roza ya el disparate. Porque, para seguir con el ejemplo anterior, el paso de Venus por el signo Tauro no anuncia fisicamente nada, contrariamente al paso del sol que, éste sí, anuncia la plenitud de la primavera y la proximidad del verano en el hemisferio norte.
La astrología, desde los tiempos de Tolomeo, es una disciplina que ignora por completo las distancias de los astros. Por ejemplo, Marte puede estar en conjunción con la luna en la parte de su órbita más próxima a la tierra, o en la parte de su órbita más alejada; la distancia a la que se encuentra de nosotros en cada uno de estos casos, varía entre algo más de tres minutos-luz (unos cincuenta y seis millones de kilómetros) y 20 minutos-luz (unos trescientos sesenta millones de kilómetros). Sin embargo, en ambos casos, la carta astral reflejará lo mismo: una conjunción Luna-Marte cuya interpretación astrológica no tendrá en cuenta para nada que el planeta se encuentre en un caso seis veces más lejos que en el otro.
Pero no es ésta la única reducción errónea que se comete al plasmar en dos simples dimensiones la complejidad del espacio cósmico. Cuando se estima la situación de un astro en la boveda celeste, son necesarias dos coordenadas; en la carta astral, estas dos dimensiones se convierten en una sola, la longitud zodiacal. Pero los planetas no viajan nunca exactamente por el círculo de la Eclíptica, aunque ciertamente no se alejan demasiado de ella y, en ocasiones, la cruzan de forma instantánea. En una carta astral, es como si todos los planetas viajaran por la Eclíptica, con lo que el astrólogo se aleja de la verdad una vez más. Para un astrólogo, dos planetas están en conjunción cuando están a la misma altura en el Zodíaco (longitud zodiacal), no importa cuán separados estén lateralmente. Se presenta entonces la paradoja de que, en algunos casos, dos planetas en conjunción aparecen más alejados que dos planetas que no están en conjunción. ¿Qué significado tiene entonces la palabra conjunción? Si se trata de meras proyecciones sobre la eclíptica de la situación de los distintos planetas, los errores que se pueden cometer son notables.
Para un astrónomo científico ésta sería una objeción de peso; no ocurre lo mismo con el astrólogo. Para éste el asunto de las distancias es del todo irrelevante. Podemos concluir entonces que la supuesta fuerza con la cual los astros ejercen su influencia sobre las personas, tiene la característica muy especial de no estar sujeta a la ley inverso del cuadrado de las distancias ¿Qué clase de fuerza es ésta? La fisica no conoce nada parecido. Y dado el caso de que existiera la supuesta fuerza, subsiste un interrogante: ¿por qué no tener en cuenta a todos los astros, las estrellas, los asteroides, los satélites de los planetas, las galaxias, los agujeros negros, los cuásares? Evidentemente, las tales fuerzas son tan sólo producto de la imaginación y de la arbitrariedad, no de la realidad de los hechos celestes.
En todo caso, lo que parece claro es que el sol forma parte esencial de las condiciones externas en que se desarrolla la vida en nuestro planeta. Nos afecta poderosamente, lo mismo que los demás factores ambientales con los que tenemos que aprender a convivir desde el nacimiento: nuestro peso y el difícil equilibrio que hay que adquirir para andar sobre dos piernas, el frío, la lluvia y el calor, el hambre y la sed, las demás necesidades fisiológicas...
Pero no por ello supone predestinación alguna ni induce necesariamente un determinado carácter en las personas. Nuestro carácter va apareciendo y se modula, a medida que vamos creciendo, a partir de la herencia genética recibida de nuestros padres, y posteriormente en función de una multitud de influjos físicos e intelectuales que solemos englobar bajo conceptos tan amplios como los de educación, formación o cultura. Ni en las características genéticas ni en el posterior desarrollo físico e intelectual tiene influencia apreciable el sol y su posición a lo largo del año, ni mucho menos, una determinada posición de los demás astros, lejanísimos y minúsculos desde cualquier punto de vista que quiera uno considerarlos.
Lo curioso, y ello es algo que pocos astrólogos perciben, es que la astrología moderna sigue siendo una especie de remedo de la religión politeísta grecorromana. Las supuestas influencias ejercidas por los planetas se basan esencialmente en la personalidad del correspondiente dios del Olimpo.
El caso del Saturno es especialmente significativo: cuando uno de los planetas fue bautizado con su nombre, inmediatamente esa masa esférica de gases y líquidos rodeada de brillantes anillos adquirió la misma mala fama que el correspondiente dios. Conviene recordar que Saturno era el nombre romano del dios griego Cronos, hijo de Urano y dueño del tiempo, famoso por haber devorado a algunos de sus hijos. Y lo dicho para Saturno, vale igualmente para Venus, un infernal planeta con cien atmósferas de presión en su superficie y temperaturas de más de cuatrocientos grados, que sin embargo es asimilado a la belleza femenina simplemente porque a las civilizaciones antiguas se les antojaba el más bello lucero del cielo. En cuanto a Marte, su color rojizo se asimila, más bien de forma simplona, a la sangre, y en honor al dios del que toma su nombre, a la guerra. En el caso de Júpiter, el rey de los dioses, su influencia benéfica es comparable, en astrología, a la del sol; en realidad se trata de un planeta similar a Saturno, aunque sus anillos sean menos vistosos y su tamaño un poco mayor...
El simbolismo mediante el cual se pasa de un dios mitológico a un planeta con sus mismas caractrísticas, alcanza cotas verdaderamente asombrosas en el caso de Plutón. Este planeta, del que en realidad se sabe bastante poco, fue descubierto en 1930; su nombre se debe en parte al deseo de los astrónomos de conservar una cierta pátina poética en sus descubrimientos, y en parte a algo tan prosaico como el hecho de que una niña de 11 años se lo sugiriera a su padre, el descubridor. Claro, una vez adoptado el nombre del rey de los infiernos para un planeta que iba escoltado por un satélite de tamaño casi igual al suyo, parecía inevitable bautizar a dicho satélite Caronte, el barquero del río Estigia que se encargaba de llevar a los muertos desde el país de los vivos hasta el infierno regido por Plutón.
La astrología moderna (la antigua lo ignoraba todo acerca de este planeta lejanísimo) no dudó en aplicar su fe politeísta mitológica y le atribuyó en seguida a Plutón el mismo carácter que poseía el dios que le daba nombre. Cabe preguntarse qué hubiera pasado si su descubridor, llamado Clyde Tombaugh, le hubiera dado su propio nombre; algo que no hubiese sido inusual ya que había ocurrido durante un tiempo con Urano, el cual se llamó primero Herschel, como su descubridor, y luego Georgium en honor al rey de Inglaterra de aquella época (1781). ¿Seria ahora la influencia de Plutón la misma que suponen los astrólogos, o se hubieran inventado cualquier otra característica ligada al famoso astrónomo contemporáneo?

7. Los aspectos y las casas
La influencia de los planetas se ejerce, segun las creencias de los astrólogos, de modo muy diverso, dependiendo de su posición relativa. Se consideran al menos cinco posiciones activas, según las distancias angulares entre ellos: la conjunción (0 ), la oposición (180 ), el trígono (120 ), la cuadratura (90 ) y el sextil (60 ). Algunas escuelas astrológicas amplían estos aspectos al semicuadro (45 ), el sesquicuadro (135 ), el semisextil (30 ) y el inconjunto (150 ).
Estos aspectos pueden ser, como los planetas mismos, favorables o desfavorables. Así, el trígono y el sextil acentúan los efectos positivos de los planetas, mientras que la cuadratura y la oposición acentúan los aspectos desfavorables. La conjunción, por su parte, es más ambigua; que sea o no favorable depende de los planetas implicados.
Aún se puede afinar más. Algunos astrólogos consideran, además, la posibilidad de que los planetas estén en domicilio (en el signo sobre el que ejercen su mayor influencia), en exaltación (en el signo donde expresan al máximo sus propias características), en exilio (en el signo opuesto al domicilio) o bien en caída (en el signo opuesto al de exaltación). Como puede verse, hay casi de todo.
Subsiste, sin embargo, un problema: los aspectos planetarios no se modifican prácticamente nada durante el día (a excepción del sol y la luna), con lo cual, los horóscopos de personas que hubieran nacido con diferencia de tiempo de unos minutos o incluso unas horas, serían prácticamente iguales. Con el fin de soslayar este inconveniente se adoptó el sistema de casas introducido por los árabes. Se trata de una división del cielo, también en 12 partes (más bien 12 rebanadas, como los cascos de una naranja), que no esta ligada a la esfera celeste, como los signos del Zodíaco, sino que depende del lugar de la tierra en que uno se encuentre.
Hay seis casas por encima del horizonte (numeradas del I al VI) y otras seis por debajo (VII al XII). Las casas están separadas por líneas ficticias denominadas cúspides y numeradas del 1 al 12. Las cúspides son como doce meridianos que definiesen en el cielo 12 rebanadas en forma de huso esférico. La cúspide 1 corresponde al horizonte Este y se denomina ascendente (ASC), ya que es la que atraviesa la constelación (o el signo) que sale (asciende, nace) en el momento de nuestro nacimiento. La cúspide 7 corresponde, lógicamente, al horizonte Oeste y constituye el descendente (DSC). La cúspide 10 es el medio cielo (MC), y la 4, su punto opuesto, el fondo del cielo (FC). Cada una de las casas posee un significado que se refiere a algún campo de la actividad humana: viajes, profesión, muerte, relaciones con los demás y otros. Estos campos se verán afectados por el planeta que ocupe la casa respectiva, en el momento del nacimiento.
Surge con todo esto un problema inesperado y es que los puntos de la Tierra situados sobre el círculo polar ártico, o más al norte, (o sobre el círculo polar antártico, o más al sur) tienen su cénit a 23' y 27' del polo celeste, o a menos. Eso significa que en el transcurso del movimiento diurno, el polo de la Eclíptica pasa por el cénit de esos lugares, lo cual, a su vez, significa que la eclíptica misma coincide con el horizonte y no atraviesa ya ninguna casa. ¡Las personas que viven en Alaska, en el norte del Canadá, en Groenlandia y en el norte de Noruega, Finlandia o Rusia carecen de horóscopo! Toda una tragedia astrológica sin duda.

8. Pruebas estadísticas.
Una determinada influencia astral solo puede ser verificada si se establece una estadística fiel. Ello implica analizar todos los casos (sin seleccionar aquellos que parezcan más favorables), evaluar en términos matemáticos sencillos (por ejemplo, en porcentaje) la probabilidad de éxitos esperables a causa del simple azar, y calcular la desviación mayor o menor que hay que esperar de forma probable, natural, en torno de ese porcentaje de aciertos fortuitos.
Veámoslo con un ejemplo sencillo, el de la moneda al aire. En 100 tiradas al aire, lo lógico es obtener 50 veces cara y 50 veces cruz. Pero no sería raro que hubiese 49 y 51, incluso 48 y 52. Si se repite la tanda de 100 lanzamientos muchas veces, es fácil predecir que los números más frecuentes que se obtengan serán 50, 49, 51, 48, 52...
¿Dónde termina lo normal y empieza lo excepcional? El cálculo de probabilidades lo muestra bien claramente; por ejemplo, una desviación de siete, en más o en menos, solo se dará en un 16 por 100 de las veces. Una desviación de 14 sólo ocurrirá en cinco tandas de cada 1000. Una desviación de 20 (es decir, obtener 30 caras y 70 cruces, por ejemplo) sólo ocurrirá en 8 casos de cada 100000.
De lo anterior se desprende que no basta un hecho aislado para constituir una prueba. El mero azar permite desviaciones de la media. Se debe ser muy cuidadoso a la hora de cuantificar las probabilidades.
Hechas estas aclaraciones de orden metodológíco, veamos algunos ejemplos.
Los astrólogos afirman que los nacidos con el signo de Libra en ascendente recibirán el influjo estético que se le atribuye a dicho signo. Debería haber, por tanto, un número superior a la media de personas con cualidades artísticas en esas circunstancias. Farnsworth demostró, analizando el caso de 2000 músicos y pintores célebres, que no es así en absoluto. No existe correlación alguna; incluso, evidentemente por azar, hubo desviaciones negativas al respecto. Tampoco existia esa correlación entre esos artistas y el hecho de haber nacido, ya no con Libra en ascendente, sino directamente bajo el signo mismo de Libra.
Bart Bok estudió las fechas de nacimiento de los sabios inscritos en el listado del American Men of Science. Las fechas presentaban una distribución al azar. Además, las variaciones estacionales de la frecuencia de los nacimientos eran idénticas a las del conjunto de la población. Bok amplió posteriormente su estudio a otras profesiones (ingenieros, sacerdotes, banqueros, físicos, escritores y marinos). La influencia de los signos del Zodíaco era nula. Los nacimientos se producían según las reglas del azar.
En 1950, Francois y Michéle Gauquelin, un matrimonio de sicólogos suizos, comenzaron a elaborar estadísticas sobre la posible influencia de los astros. Sus investigaciones parecían confirmar que en determinados lugares del cielo, los planetas favorecían el nacimiento de determinados profesionales. Los resultados eran indudablemente llamativos en el caso del planeta Marte y su supuesta influencia sobre el nacimiento de los deportistas. Los Gauquelin habían analizado a 1553 deportistas; de ellos, 332 nacieron cuando Marte estaba en los sectores (casas) I y IV. La media estadística era de 266. Esa diferencia de 66 era excesiva; contando con el azar, sólo debería aparecer en un caso de cada cinco millones. Durante 34 años los resultados presentados por los Gauquelin fueron objeto de arduas discusiones. En 1973, una revisión llevada a cabo por el comité belga PARA, encontró que la metodología utilizada por los Gauquelin estaba sesgada, falseada probablemente por ignorancia más que por mala fe. Como dice el mismo Gauquelin en uno de sus libros citando al sicólogo Carl Jung: "Un investigador que está muy especialmente motivado por el deseo de obtener un determinado resultado es conducido instintivamente, o mejor dicho, inconscientemente, a reunir los datos que luego serán los que, precisamente, confirmarán la teoría."
En 1984, el astrónomo norteamericano Dennis Rawlins, miembro de CSICOP, analizando una muestra de 407 deportistas norteamericanos, efectuó un cálculo muy simple: 12 sectores y 407 nacimientos; la probabilidad de que un nacimiento coincida con el paso de un planeta en un sector dado es de un doceavo, lo que significa unos treinta y cuatro nacimientos, con un margen de fluctuación de seis en más o en menos. En cada nacimiento, Rawlins determinó no solo el sector habitado por Marte, sino también el que ocupaban los otros planetas. El reparto del número de nacimientos por los distintos sectores dibujaba para cada planeta una curva de Gauss, característica de las distribuciones al azar. Rawlins dedujo que la teoría de Gauquelin era errónea. Los trabajos de Rawlins fueron el golpe de gracia definitivo para las estadísticas de Gauquelin.
Existen muchas estadísticas que invalidan la existencia de uno u otro tipo de influencia astral sobre la personalidad y el destino de los seres humanos. Veamos algunas más.
J. McGervey estudió las fechas de nacimiento de 6457 políticos y 16634 cientificos; el reparto entre los diferentes signos del Zodíaco obedecía exactamente a las leyes del azar.
R. Bastedo estudió 20 diferentes características de la personalidad (liderazgo, inteligencia, extroversión, habilidad artística...) en una muestra de 1000 personas. No apareció ninguno de los efectos que, según la astrología, debían existir; por ejemplo, preponderancia de unos determinados signos para ciertas cualidades, inhibición de otros signos en otras cualidades, etc.
B. Silverman estudió a 1600 sicólogos recién graduados para ver si sus opiniones sobre la igualdad, la honestidad, la intelectualidad y otras cualidades dependían de algún signo zodiacal. No encontró correlación alguna.
Snell, Dean y Wakefield estudiaron a 1500 líderes escogidos al azar para ver si había un mayor número de nacidos bajo el signo de Virgo (signo del liderazgo). Los Virgo eran tan abundantes como los demás.
J. T. Bennet y R. J. Barth estudiaron las listas de reclutamiento en el ejército norteamericano, donde el servicio es voluntario, para determinar si había más personas regidas por Marte de lo que cabría esperar por el azar. No encontraron ninguna correlación.
G. A. Tyson examinó la relación que podría existir entre la fecha de nacimiento y la carrera elegida por 10313 graduados universitarios. No apareció relación alguna.
El Servicio Geológico de los Estados Unidos analizó 240 predicciones de terremotos realizadas por 27 famosos astrólogos americanos. El nivel de aciertos fue exactamente el que predecían las leyes del azar.
Cummings, Neher, Lackey y Grange por una parte, y Tyson, Carlson y Dwyer por otra, comprobaron que la gente normal (estudiaron en total 230 personas de todo tipo y condición) es incapaz de distinguir entre su carta astral y la de otra persona.
Geoffrey Dean y otros probaron con 22 sujetos que en la carta astral que creían era la suya, pensaban que un 97% era correcto, mientras que sólo veían correcto un 12% en otra que se les había dicho que no era la suya. Curiosamente, ello ocurría tanto si se les daba de verdad su propia carta astral, como si se trataba de una que no era realmente la suya.
El mismo Dean trabajó con un total de 1198 individuos, de entre los que eligió, a partir de un test de personalidad, los 60 más extrovertidos y los 60 más introvertidos. Las cartas astrales de estas 120 personas fueron posteriormente enviadas a 45 astrólogos americanos e ingleses para que ellos distinguieran cuáles correspondían a los extovertidos y cuáles a los introvertidos. Los aciertos fueron del orden del 50%, es decir, exactamente lo que cabría esperar de una mera elección al azar.
Shawn Carlson, físico de la Universidad de Berkley en California, realizó un sonado experimento en colaboración con la NGCR (National Council for Geocosmic Research), la organización astrológica más conocida mundialmente, cuyos resultados fueron publicados en la prestigiosa revista científica Nature (5 de diciembre de 1985). El experimento, cuidadosamente preparado y llevado a cabo, comprendía dos fases sucesivas. En la primera, el sujeto llenaba un cuestionario con sus datos de nacimiento; de allí se obtenía un tema natal que era interpretado por los astrólogos. Luego el sujeto recibía tres horóscopos de los cuales dos pertenecían a otros sujetos diferentes, sin ningún tipo de identificación, solo con un número de código. El sujeto debía elegir entre los tres el que le parecía convenir mejor a su personalidad, luego el segundo mejor y finalmente el que peor se ajustaba. Si la astrología es cierta, la tasa de aciertos debería ser superior a un tercio, ya que a los aciertos por azar se sumarían los aciertos de verdad. Los astrólogos que participaban en el experimento afirmaban que iban a obtener resultados muy superiores al 33%; como mínimo, del 50%. El resultado obtenido fue del 33,7%, casi exactamente lo que predecía el azar. Lo más curioso es que el porcentaje de aciertos en un grupo testigo en el cual cada sujeto había recibido los mismos tres horóscopos que había recibido cada sujeto del primer grupo (es decir que ninguno de los horóscopos le pertenecía), fue del 44,7 %; ironías del azar.

9. Conclusiones.
La bioquímica francesa Suzel Fuseau-Braesch, autora de un libro muy popular sobre astrología, escribe: "Al campo de la biología le concierne directamente ya que al afirmar que existe una influencia del cielo astral en el momento del nacimiento lo que se hace es evidentemente añadir un nuevo determinismo a los admitidos por la ciencia actualmente: el genético y el ambiental, este último tanto físico como sociocultural. No existe hoy día ninguna explicación cientifica del mecanismo de deterrninación astrológica."
Tiene, sin duda, toda la razón la señora Fuseau-Braesch; donde comienza nuestro desacuerdo es cuando afirma a continuación que esta ausencia de explicación científica no significa que la influencia no exista, sino que la ciencia todavia no ha sido capaz de encontrarla.
Según eso, cualquiera puede afirmar cualquier cosa, por absurda que parezca, y decir que es cierto pero que la ciencia todavía no ha sido capaz de demostrarlo. El que afirma algo nuevo es quien debe responsabilizarse de su demostración. En ciencia, el peso de la prueba recae sobre quien expresa una hipótesis.
Ante la total ausencia de evidencia científica que respalde las afirmaciones de los astrólogos, cabe preguntarse por qué tantas personas creen en la astrología. Parte de la explicación es esa actitud de resignado pesimismo que se expresa con la frase: "al fin y al cabo es tanto lo que ignoramos..." Claro está que se trata de una actitud que revela la más pura ingenuidad y que conduce a la total credulidad. Por esa vía le daríamos carta de naturaleza a cualquier afirmación, no importa lo descabellada o delirante que fuera.
Otra explicación, quizás, tenga que ver con una especie de reacción romántica en contra de una ciencia que se percibe como fría, inquietante y temible. A ella se opondría una no ciencia agradable, poética y sin complicaciones. Esta percepción negativa de la ciencia nace, indudablemente, de la ignorancia. Cualquier persona que haya transitado, así sea marginalmente, por los caminos de la ciencia, se habrá percatado de lo que ésta tiene de poético y de excitante. Dice Carl Sagan: "Hay más maravillas en la ciencia que en la seudociencia." Por desgracia, predomina la incultura científica, de la que incluso presumen muchos. Así mismo, en ocasiones se asocia la ciencia con la actividad del hemisferio cerebral izquierdo, analítico, deductivo y fríamente racional. Es verdad que el método científico exige una alta dosis de racionalidad, pero, por otra parte, la formulación de las hipótesis y el diseño de los experimentos requieren creatividad e intuición solo comparables con las que exige la creación artística. Contrasta con ello el elementalísimo y vulgar mecanicismo de la astrología. Los detractores de la ciencia la acusan de ser oficial, de mostrarse demasiado esquemática y reductora, de aplastar al individuo y de hacerle daño con sus realizaciones técnicas. En realidad, no existe ninguna ciencia oficial, entre otros motivos porque la mayor parte de los científicos solo comparte una cosa: las reglas del juego, es decir, el método científico. Casi puede decirse que la esencia de la ciencia es la de no ser nunca oficial y estar siempre abierta al reexamen. Por su parte, la astrología lo es todo menos algo innovador; por el contrario, suele presumir de su antigüedad como prueba absoluta en apoyo de sus tesis. En cuanto a las demás acusaciones, baste con recordar que la vida de los cinco mil millones de seres humanos que hoy pueblan el planeta, sería poco menos que imposible sin el concurso de la ciencia y de la tecnología. Las soluciones a los graves problemas que se plantean a la humanidad solo llegarán de la mano del conocimiento científico: un edificio lógico que descansa sobre bases sólidas, y que se ha ido formando por el método de hipótesis y verificación, única forma racional de encarar los problemas.
Una tercera explicación, que se constituye en un importante argumento para muchos defensores de la astrología, es el peso de la autoridad. Se cita con frecuencia a preeminentes filósofos y científicos que creían en la astrología. Son notables los casos de Newton y Kepler, para no hablar de Pitagoras y del propio Tolomeo. Bien se sabe que los argumentos basados en la autoridad no sirven; pero, aceptando el juego, tendríamos que recordar que Aristarco y Eratóstenes no creyeron nunca que los astros tuvieran alguna influencia sobre el carácter o el destino de los seres humanos. Esas eran, según ellos, cosas de magos o sacerdotes. En Roma, Cicerón se opuso con toda su racionalidad a esa actividad adivinatoria. Y aun tendríamos que agregar a la lista la casi totalidad de los científicos modernos. Un famoso manifiesto firmado en 1975 por 186 prestigiosos investigadores norteamericanos, entre ellos 20 premios Nobel, era absolutamente tajante en su condena a la actividad de los mercaderes de horóscopos. Carl Sagan se negó a suscribir el documento porque no consideraba que mereciera la pena perder el tiempo en afirmar públicamente lo que es obvio.
Tal vez también haya algo de vanidad en el fondo de estas creencias, ¡pues naturalmente que los astros inciden en mi vida cotidiana, no faltaría más! El error inicial quizá fue el de pretender que los monarcas y sus posesiones eran lo suficientemente importantes, frente a la inmensidad del cosmos, como para que el curso de los astros determinara su destino. Un pecado de soberbia quizá perdonable... No hay duda de que los sacerdotes astrólogos de Mesopotamia solo estaban interesados en predecir el destino de los poderosos y de sus reinos. ¿A quién podía pasársele por la imaginación que un palafrenero o un soldado, y aun menos un simple esclavo, pudiesen aspirar a que su destino estuviese escrito en el celeste pentagrama de las constelaciones y los signos? En cambio, la habilidad de los astrólogos modernos les ha llevado a convencer a todo el mundo de que las estrellas son igualitarias como nadie, y que su influencia se ejerce universalmente, sobre los más poderosos y los más desposeídos por igual. Generosa y democrática idea, sólo levemente enturbiada por la sospecha de que actuando así buscaban ampliar de paso, y muy notablemente, el mercado potencial de sus horóscopos.
Otra faceta del asunto es que muchas personas consiguen, por medio de la astrología, proyectar hacia afuera su propia imagen, expresándose a través del simbolismo de los signos zodiacales. En realidad, es como juzgar a los demás, y a nosotros mismos, sin compromiso alguno y sin responsabilidad de nadie. Casi todo el mundo se ha formado una idea de sí mismo y de los demás que quizá dificilmente se atrevería a expresar en voz alta motu proprio , pero que en cambio no tiene reparo alguno en expresar cuando supone que son los astros los que lo dicen.
No cabe duda de que la principal causa de la generalización de esa idea debe buscarse en la abrumadora divulgación que reciben los temas astrológicos de parte de los medios masivos de comunicación. Respecto de los autores de los horóscopos y de los artículos sobre astrología, su motivación es evidente: siempre ha sido un gran negocio explotar la credulidad de los hombres. La motivación de los medios de comunicación no es muy diferente, y en el mejor de los casos obedece a una cierta dejadez y condescendiente tolerancia; a la idea de que "algo habrá de cierto en esto y, de todos modos, interesa a mis lectores”.
En cuanto a la pregunta que constituye el titulo del libro, Astrología ¿ciencia o creencia? , se puede concluir lo siguiente: la astrología explota sistemáticamente un vocabulario técnico, en este caso el de la astronomía, y lo adoba con una especie de dialecto mitad esotérico y mitad culterano, pero siempre con resonancias más o menos científicas. Lo cual hace que, ante la mayoría de la gente, la astrología parezca, ni más ni menos, una ciencia como las otras, que a veces se equivoca pero que resulta a menudo fiable. Sin embargo, la astrología es pura irracionalidad. Las doctrinas astrológicas están fuera del campo cientifico por cuanto no se ajustan al método de la ciencia. En consonancia con ello, se debería denunciar a todos aquellos que pretenden presentar la astrología como una actividad con bases científicas. Se debe denunciar así mismo a todos aquellos que, basándose en esa supuesta base científica de la astrología, ejercen una influencia negativa sobre muchas personas, osando afirmar que son realidades lo que no son más que meras ilusiones difundidas por razones estrictamente mercantiles. Se debe denunciar finalmente a todos aquellos que, poseyendo una responsabilidad académica, periodística o intelectual, toleran la difusión de esas falsas ideas como algo más que un simple entretenimiento.
Desde luego, la astrología podría asimilarse a un juego, a una diversión social sin mayor trascendencia y carente por supuesto del más mínimo valor predictivo. Por desgracia no sucede así. A diario nos enteramos de importantes líderes sociales que consultan sus decisiones con astrólogos. ¿No se está poniendo en manos de estas personas un poder excesivo? Las decisiones de los dirigentes de la sociedad pueden afectar la suerte de millones de personas. Por otra parte, incluso considerada como una especie de juego que uno se cree sólo a medias, la astrología reviste un peligro: el determinismo suplementario que le añade a nuestras vidas. El consumidor de horóscopos acaba respondiendo en concordancia con lo que predicen supuestamente los astros. La predicción acaba influyendo, poco o mucho, en el comportamiento del individuo, en la opinión que tiene de sí mismo, en su poder de iniciativa y, a la larga, en su destino. Me parece que esta clase de influencia no es, en absoluto, deseable.


Agradecimiento a Alfonso Arias Bernal de Escépticos de Colombia

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